Una carta a mi querido Messi
Pairs well with De Música Ligera — Soda Stereo ↗
Querido Messi,
Che, Leo. ¿Cómo andás?
Espero que te encuentres bien. Me imagino que debés estar muy ocupado con todos los preparativos para el partido que viene. Soy hincha tuyo desde hace más de veinte años, así que me cuesta muchísimo contener mis emociones mientras escribo estas líneas.
Soy coreano, pero nací en Chile. Interesante, ¿no? De chico, mis padres me dicen que hablaba español muy bien. Bueno, mi familia volvió a Corea un poco después y el idioma se me fue olvidando hasta hace unos años, cuando decidí retomarlo. Mi familia sigue bromeando con que tengo algo de Chile, algo latino en la sangre.
No sé si es por eso, pero siempre me gustó el fútbol. Sobre todo, me gustaba gambetear. Un toque para cambiar de dirección, un cambio de ritmo para desequilibrar al rival y un caño para romperle la cintura. Era tanto un baile hermoso como una cirugía de precisión. Ya sabés por qué me encantás.
La verdad es que crecí con vos, ¿viste? Yo recién empezaba la secundaria cuando debutaste con el primer equipo del Barcelona. Fue el 16 de octubre de 2004. En ese momento no te presté demasiada atención. Bueno, siempre hay jugadores que vienen y van, ¿no? Solo pensé: “¿Quién es este pibe tan bajito?” (te pido perdón). Aunque estaba muy enganchado con mi Play y ya había oído hablar de vos, no era como que todos los jugadores con muchísimo potencial terminaran convirtiéndose en cracks.
Pero, uy… ¡qué manera de arrancar tu carrera! No pasó mucho tiempo antes de que fuera imposible ignorarte.
Mientras yo atravesaba una época muy confusa de mi vida, llena de ansiedad, granos en la cara y la presión creciente de mis padres, vos la seguías rompiendo. Y todo el mundo empezó a fijarse en vos.

Todavía me acuerdo de levantarme temprano para verte jugar. Después salía a jugar con mis amigos e intentaba copiar tus gambetas, tus cambios de ritmo y esos amagues que parecían tan fáciles cuando los hacías vos. Nunca me salían igual, obviamente, pero igual lo intentaba.
Y te voy a confesar algo. Aunque soy un fanático del Manchester United, nunca pude convencerme de que Cristiano fuera mejor que vos. Y no, tampoco tiene nada que ver con los números. Simplemente había que verlos jugar. Después de cinco minutos, la discusión se terminaba sola.
Acá dejo algunos de los recuerdos que más me marcaron:
- Tu primer gol contra el Albacete en 2005, picándosela al arquero después del pase de Ronaldinho. Nunca me voy a olvidar de cómo te subiste a la espalda de Ronaldinho para festejar. En ese momento nadie imaginaba la historia que recién empezaba.
- El gol contra el Getafe en 2007. El gol. El que inevitablemente hizo que todos recordaran a Maradona contra Inglaterra. La primera vez que lo vi me quedé con la boca abierta, ¿viste?
- El gol al Athletic de Bilbao en la final de la Copa del Rey de 2015. Te gambeteaste a medio equipo. Un ritmo impecable, toques perfectos y la definición al final.
- Y, por supuesto, el ya famoso: “¿Qué mirás, bobo?”. Capaz te dé un poco de vergüenza, pero me gustó que nos demostraras que, detrás del mejor futbolista de todos los tiempos, había un ser humano con emociones. Y la verdad, hasta me hizo gracia.
Pero al final, ¿cómo podría resumir una carrera de más de 900 goles, más de 400 asistencias, ocho Balones de Oro, seis Botas de Oro, cuatro Champions League, dos Copas América y, ojalá muy pronto, dos Mundiales?
Mientras vos seguías escribiendo la historia del fútbol, yo poco a poco dejé de ver cada partido porque la vida empezó a pasar demasiado rápido. Algunas relaciones no salieron como esperaba. Trabajaba muy duro para dejar mi huella y aprender todo lo que pudiera. No tengo dudas de que mi camino tuvo muchos más altos y bajos que el tuyo dentro de una cancha. Aun así, el fútbol seguía siendo el refugio para mi alma cuando volvía a ver un partido tuyo o iba a jugar con mis amigos.
Y cada vez que entraba a una cancha volvía a ser un chico. Bailaba sin preocuparme por nada. Todo lo demás desaparecía. Solo quedaban la pelota, mis botines, el césped, los rebotes, los golpes y los jugadores jadeando alrededor. Gracias por darme tanto para imitar.
Sin darme cuenta, cada etapa importante de mi vida terminó teniendo una versión distinta tuya como telón de fondo. Cada vez que miro hacia atrás, no solo recuerdo una etapa de mi vida. También recuerdo qué versión de Messi la acompañaba.
Barcelona en 2011 fue otra cosa. Ese equipo parecía jugar otro deporte. Me encantaba verte ahí. Después vino 2012 y esos 91 goles que todavía parecen imposibles. Y más tarde llegó una etapa muy dura: el Mundial de 2014, las Copas América de 2015 y 2016, las críticas y hasta tu despedida de la selección.

Pero estoy convencido de que siempre hay dos lados que se complementan. Lo brillante no existe sin lo oscuro. La risa no existe sin las lágrimas. Creo firmemente que los obstáculos nos fortalecen y nos dan la perspectiva para valorar mucho más lo bueno cuando finalmente llega. Vos lo demostraste y, sobre la marcha, inspiraste a millones.
Aprender español otra vez también me acercó a la Argentina, a su cultura y a su forma de hablar. De alguna manera, también empecé a entenderte un poco mejor. Con los años dejé de admirarte solamente por tus gambetas y empecé a admirarte por la persona que eras fuera de la cancha. Reservado. Humilde. Fuerte. Buena persona. Nunca voy a saber lo que se siente cargar con las expectativas de todo un país, pero sí aprendí, viéndote, que la verdadera grandeza también consiste en levantarse después de cada caída.
Qatar no fue simplemente un Mundial ganado, sino el final de una historia que millones sentimos como nuestra. Después de tantos golpes, la alegría se sintió distinta. Y, curiosamente, por esa misma época yo también empezaba a encontrar mi lugar. Había cambiado de trabajo, había retomado el español y había aprobado unos exámenes que durante años parecían imposibles.

Y mientras se juega otro Mundial, ya no siento que tengas que demostrarle nada a nadie. Mirá cómo pasa el tiempo. Ya no tenemos la misma cantidad de pelo que cuando empezó toda esta historia. Los dos tenemos unos cuantos años más encima. Pero creo que eso también tiene algo de lindo.
Con el tiempo uno deja de querer demostrar cosas y aprende a disfrutar un poco más de la tranquilidad, de la constancia y del camino recorrido. Ojalá disfrutes este último baile como aquel pibe de Rosario que un día se subió a la espalda de Ronaldinho para festejar su primer gol.

Capaz nunca leas esta carta, pero escribirla era una forma de agradecerte por haber acompañado silenciosamente más de veinte años de mi vida. También quería que supieras que los sentimientos que intenté expresar acá representan, de alguna manera, lo que muchos de nosotros llevamos en el corazón.
Me pone muy triste saber que probablemente nunca vaya a tener la suerte de verte jugar en persona. Pero, al mismo tiempo, me siento profundamente agradecido de haber nacido en la misma época que vos y de haber podido ser testigo de una carrera irrepetible. Quizás nunca tuve la suerte de verte desde una tribuna. Pero tuve algo que también vale muchísimo: la suerte de vivir al mismo tiempo que vos. Y, a veces, eso alcanza.
Pase lo que pase de acá en adelante, gracias de corazón. Disfrutá el último baile, Leo.
Un abrazo de gol,
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